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Mi Yerno Gritó: “¡La Cirugía No Es Excusa Para La Pereza!”, Me Levanté En Silencio Y…
Capítulo 6 / 7

Capítulo 6

La guerra de Javier

917 palabras

PARTE 6

Esa noche me acosté en mi nueva recámara de la planta baja, la de mis padres.

Los mudanceros habían acomodado mi cama, mi cómoda y mis cosas con cuidado. Me dolía todo el cuerpo, pero por primera vez en mucho tiempo el dolor era mío, no una obligación impuesta por otros. Apagué la lámpara y escuché la discusión de Sara y Javier filtrándose desde la planta alta. No me levanté. No subí. No intervine. Me dormí con la sensación extraña de haber recuperado algo que no sabía que había perdido: mi espacio.

A las dos de la mañana me despertó un clic. Luego otro. Abrí los ojos. La casa estaba demasiado silenciosa. Fui a la cocina por agua y al tocar el interruptor, nada. Probé la lámpara de la sala. Nada. La planta baja entera estaba a oscuras. Me acerqué a la ventana. Las luces de la calle estaban encendidas. La casa del vecino también. Luego levanté la mirada hacia la planta alta. Por debajo de

la puerta de Sara y Javier se filtraba un hilo de luz. Ellos tenían electricidad. Solo la planta baja estaba apagada.

Fui hasta la pequeña puerta que daba al sótano, donde estaba el tablero eléctrico. Bajé con cuidado, guiándome por la pared fría. No necesité bajar del todo. Vi la fila de interruptores de la planta alta levantada. La fila de la planta baja, toda bajada. Alguien los había apagado manualmente. Y solo una persona en esa casa era capaz de una maldad tan pequeña, tan mezquina, tan deliberada.

Javier estaba respondiendo.

No podía echarme. No podía obligarme a cocinar. No podía tocar mis cosas delante de testigos. Pero podía quitarme la luz, el refrigerador, la radio de Roberto, la lámpara que yo necesitaba para caminar sin tropezar, el enchufe donde cargaba el teléfono para una emergencia. Quería que subiera llorando, que suplicara, que cediera.

No le di ese gusto.

Abrí el cajón de cachivaches a oscuras, busqué velas y cerillos. Mis dedos, acostumbrados a años de madrugadas sin luz, encontraron la cajita de cartón. Encendí una vela. La pequeña llama anaranjada empujó la oscuridad apenas unos centímetros. Puse la vela en un platito y la llevé a la sala. Roberto dormía, sereno. Mejor así. Me senté frente a él y miré la llama hasta que mi rabia dejó de temblar.

Javier creía que me había quitado poder. No entendía nada. El poder no estaba en la electricidad. Estaba en la paciencia. En mi capacidad de resistir. Llevaba toda una vida practicando.

Al amanecer, saqué del fondo del armario una estufa de camping que Roberto y yo usamos de jóvenes cuando íbamos a Tapalpa. Conecté la pequeña bombona y preparé café en una cafetera italiana vieja. El aroma llenó la cocina como una bandera de guerra. Cuando Javier bajó, esperando

verme derrotada, me encontró sentada en penumbra, tomando café.

—¿Pero qué…?

—Buenos días, Javier.

Me miró la estufa, la taza humeante, mi tranquilidad.

—Voy a llamar a un electricista. Diré que hay un fallo en tu parte. Te voy a llenar de facturas que no podrás pagar.

—Adelante —respondí—. Pero asegúrate de que sea uno bueno, porque tendrá que explicar cómo todos los interruptores de mi tablero se bajaron solos, al mismo tiempo, durante la noche.

Su rostro enrojeció. Sabía que lo tenía atrapado. Se fue dando un portazo. Sara bajó una hora después, con ojeras profundas. Abrió el refrigerador y suspiró al ver que todo estaba tibio.

—Mamá, por favor. Ya hablaré con Javier. Haré que se disculpe. Pero devuelve todo a como estaba.

Lavé mi taza con agua fría.

—Las cosas nunca volverán a ser como antes, hija. Y no se trata de una disculpa. Una disculpa no arregla el desprecio. Tienen un contrato sobre la mesa y treinta días corriendo.

—Él nunca lo va a firmar.

—Entonces tienen treinta días para encontrar otro lugar.

Los días siguientes fueron una sinfonía extraña de hostilidad. Yo me adapté a vivir sin electricidad. Compré más velas, una linterna de pilas, una radio pequeña para Roberto y comida diaria, solo lo necesario. Javier intensificó su guerra. Ponía música a todo volumen en la noche, caminaba con zapatos sobre mi techo, dejaba caer objetos pesados a propósito. Yo no reaccionaba. Cada mañana, cuando nos cruzábamos, le decía buenos días con la misma voz serena. Mi indiferencia lo estaba volviendo loco.

Sara se fue apagando. La veía en el jardín hablando por teléfono en susurros, llorando en silencio, bajando de peso. Una tarde, una semana después de la mudanza, Roberto y yo estábamos en la sala. Él escuchaba música clásica en la radio de pilas y yo repasaba el bajo de un pantalón suyo. De pronto, un estruendo vino de arriba. No era música. Eran golpes, cosas arrastrándose, la voz de Javier gritando. Luego escuchamos a Sara:

—¡No, Javier, eso no! ¡Es de papá!

Un segundo después hubo un golpe seco, madera astillándose y vidrio rompiéndose. El techo vibró. Un poco de polvo cayó sobre la alfombra. Roberto intentó levantarse.

—Mi música —susurró.

Lo entendí. En el armario de la planta alta habíamos guardado su viejo tocadiscos, una pieza que su padre le regaló junto con sus discos de zarzuela y ópera. Era uno de sus tesoros. Javier lo había destruido.

Fui a mi cuarto, tomé el teléfono y marqué al licenciado Ramírez. Le expliqué el acoso, el corte de luz y ahora los daños a propiedad.

—Tengo lo necesario —dijo él—. Prepararé la orden de desalojo, pero necesitaré un testigo fuerte.

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