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La noche de bodas, el jefe de la mafia siciliana descubrió que su esposa todavía era virgen
Capítulo 3 / 4

Capítulo 3

Part 3: La noche de bodas, el jefe de la mafia siciliana descubrió que su esposa todavía era virgen

1351 palabras

PARTE 3 — El hombre detrás del monstruo

El silencio entre nosotros no se parecía al de las cenas.

Aquel silencio tenía peso.

Esperé que me reprendiera.

Que me dijera que no debía interferir.

Que Bruno trabajaba para él y yo no entendía las reglas.

No dijo nada de eso.

Niko se quedó a unos metros de mí, con sus ojos grises fijos en los míos.

Por primera vez no me miraba como a una obligación escrita dentro de un contrato.

Me miraba como si finalmente estuviera viendo a la mujer que había detrás del apellido Shaw.

—No te hizo nada.

No sonó como una pregunta.

Sonó como si necesitara confirmarlo sin admitir que le importaba.

—No.

Asintió.

—Buenas noches, Eveina.

Pasó junto a mí sin tocarme.

Me llegó el aroma ligero de su loción, madera y algo más oscuro.

Entró a su habitación.

Yo me quedé en el pasillo con el corazón latiéndome demasiado fuerte.

Fue la primera vez que Niko me había mirado como si yo importara.

Y odié lo mucho que me afectó.

A la mañana siguiente me refugié en la biblioteca.

Intenté leer.

No pude.

Seguía pensando en Bruno.

En la empleada.

En Niko.

Su oficina estaba en el ala oeste.

Nunca había entrado.

Nadie me lo había prohibido, pero todo lo que pertenecía a Niko parecía rodeado por una frontera invisible.

Aun así, fui.

La puerta estaba cerrada.

Sabía que él había salido.

Entré.

La oficina era exactamente como imaginaba.

Ordenada.

Oscura.

Sin nada fuera de lugar.

Sobre el escritorio había una carpeta abierta.

No tenía intención de tocarla.

Pero vi un nombre.

Después otro.

Maria Ki.

Rosalba Ferri.

Direcciones.

Cantidades mensuales.

Veintitrés mujeres.

Todas viudas.

En uno de los márgenes había una nota escrita a lápiz.

Reconocí la letra de Niko.

Para que ninguna pierda el techo que su marido dejó atrás.

Me quedé inmóvil.

—No deberías estar aquí.

Me volteé.

Niko estaba

en la puerta.

No parecía enojado.

Solo cansado.

—No toqué nada.

—Lo sé.

Entró.

—¿Quiénes son?

—Viudas.

Miró la carpeta.

—Mujeres de hombres que murieron en guerras que nunca debieron ser suyas.

—¿Por qué los pagos son anónimos?

Tardó en responder.

—Porque la lástima puede humillar más que el hambre, y porque no merezco que me agradezcan.

Aquella frase me dejó sin respuesta.

—Nadie sabe.

—Nadie necesita saberlo.

Me miró.

—No vas a contarlo.

—No.

Pasaron unos segundos.

—¿Por qué entraste aquí, Eveina?

—Quería entender.

—¿Qué?

—Si el hombre que echó a Bruno y el hombre que duerme en otra habitación son la misma persona.

Niko soltó una risa corta.

—Sí, son el mismo, ese es justamente el problema.

Salí.

Solo cuando llegué a mi habitación pude respirar con normalidad.

El monstruo al que todos temían mantenía a veintitrés mujeres bajo su protección y no permitía que ninguna supiera quién

pagaba sus cuentas.

Ya no sabía qué pensar de él.

Dos días después escuché gritos desde el piso de arriba.

Reconocí la voz de mi padre.

—No puedes demostrar nada, Greco.

La otra voz era suave.

Demasiado suave.

Lorenzo Greco.

—No necesito mucho, señor Shaw, solo un periodista con suficiente hambre.

Me quedé en las escaleras escuchando.

—No fue por ambición —dijo mi padre—, lo hice por…

Una puerta se cerró de golpe.

No escuché el resto.

Lo hice por…

¿Por qué?

Su carrera.

Su reputación.

El dinero.

Yo.

No sabía.

Solo sabía que seguía sintiéndome vendida.

Aquella noche hubo una recepción formal.

Bajé usando un vestido rojo oscuro que Stella me había mandado.

Niko esperaba al final de las escaleras.

Me ofreció la mano.

—Estás pálida.

—La Signora está bien.

Durante la fiesta me presentó a Dante Bellomo.

Alto.

Ancho de hombros.

Con una sonrisa que no me gustó desde el primer segundo.

—Signora Santoro —dijo mientras tomaba mi mano—, un placer.

La sostuvo más tiempo del necesario.

Después dejó los dedos sobre mi antebrazo.

—Niko esconde a su esposa como esconde sus negocios, no sé cuál de los dos será más valioso.

Sentí que el ambiente cambiaba.

No tuve que mirar a Niko.

Sabía exactamente qué expresión tenía.

—Con permiso —dijo él—, Bellomo, tú y yo hablaremos después.

Me llevó hacia otro extremo del salón.

—Sé defenderme sola.

—Lo sé.

—Entonces deja de actuar como si no pudiera.

—Bellomo no es un hombre con quien quieras jugar.

Todo lo que había acumulado durante esas semanas salió de golpe.

—Necesito aire.

Salí al jardín.

A la tercera respiración, empecé a llorar.

—Eveina.

Niko venía detrás de mí.

Me limpié la cara.

—Regresa a la fiesta.

—Mi esposa está aquí.

—Tu esposa es un acuerdo, no finjas que esto significa algo más cuando nadie nos está mirando.

Su mandíbula se tensó.

—¿De verdad crees que estoy fingiendo?

—Creo que mi padre me vendió y tú me compraste con un contrato, creo que Bellomo me tocó porque sabe que soy propiedad de alguien, creo que tenía una vida y la perdí dentro de una iglesia frente a un hombre al que ni siquiera conocía.

Niko dio un paso hacia mí.

—No entiendes el peligro que existe alrededor de ti.

Por primera vez escuché miedo en su voz.

—Entonces explícame.

—No puedo.

—¿Por qué?

Tomó mi mano.

No mi muñeca.

Mi mano.

Entrelazó sus dedos con los míos.

—Porque tendrías más miedo de mí, y no puedo soportar que me temas más de lo que ya me temes.

No sé cuál de los dos se movió primero.

Solo sé que nos besamos.

No como en la iglesia.

Ese beso estaba lleno de enojo, deseo y todo lo que ninguno de los dos había querido admitir.

Agarré su camisa.

Sentí su corazón latiendo debajo de mi mano.

Y entonces entendí que él estaba tan asustado como yo.

Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—Juraba que nunca ibas a verme perder el control.

—Yo juraba que nunca ibas a verme llorar.

Por primera vez, se rio de verdad.

A la mañana siguiente apareció durante el desayuno.

Nunca desayunaba conmigo.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me senté frente a él.

El silencio ya no era incómodo.

Ahora conocía el sabor de su boca.

—Puedes regresar a la universidad —dijo—, Gennaro te llevará.

Casi se me cae la taza.

—¿Cuándo?

—Cuando quieras.

Cuando Stella me vio de nuevo en el campus, bastó una mirada.

—Te estás enamorando de él.

—No.

—Eveina, te conozco desde los dieciséis, te estás enamorando de ese hombre.

—Baja la voz.

—Voy a matar a alguien.

—¿A quién?

—No sé, a él, a ti o al destino.

Aquella noche Niko me llamó a su estudio.

Había fuego en la chimenea.

Sirvió vino.

Después dijo, sin preparación:

—Mi madre murió en una emboscada cuando yo tenía doce años.

No dije nada.

—Por eso ayudo a esas mujeres, recuerdo demasiado bien cómo se siente una casa después de que alguien muere por llevar un apellido que nunca eligió.

La luz del fuego le iluminaba medio rostro.

—Mi padre es político —le dije—, yo crecí siendo la hija de Arthur Shaw, nunca Eveina, y cuando me obligó a casarme contigo pensé que finalmente había dejado de verme como su hija y solo me veía como algo que podía utilizar.

—Ya no tiene poder sobre ti.

Lo miré.

—¿Yo sí? —preguntó.

No respondí.

No hizo falta.

Dos días después hubo una cena con los aliados.

Dante Bellomo estaba sentado frente a nosotros.

—Signora Santoro —dijo levantando la copa—, dicen que las fiestas siempre fueron su ambiente natural, quizá demasiadas fiestas para una mujer que ahora lleva el apellido Santoro.

Toda la mesa se quedó callada.

Sentí la mano de Niko tensarse debajo del mantel.

Puse la mía sobre la suya.

Se detuvo inmediatamente.

Miré a Dante.

—Sabe bastante de fiestas, Signor Bellomo, ¿va a muchas?

—Solo a las que vale la pena recordar.

Sonreí.

—Qué raro, yo recuerdo todas las buenas y jamás recuerdo haberlo visto en ninguna.

La mesa estalló en risas.

Dante dejó de sonreír.

Debajo del mantel, Niko entrelazó sus dedos con los míos.

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Capítulo completado

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