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La silla que reveló la verdadera cara de mi esposo
Capítulo 2 / 4

Capítulo 2

El dinero que llevaba meses desapareciendo

737 palabras

# PARTE 2 — El dinero que llevaba meses desapareciendo

Esa noche no pude dormir.

Mi departamento en Providencia seguía siendo exclusivamente mío. Cerré la puerta, cambié todas mis contraseñas, bloqueé la tarjeta adicional que usaba Andrés y cancelé varios servicios que yo seguía pagando en casa de su mamá.

A las nueve de la mañana llamé a Rogelio, el contador que llevaba las cuentas de mis tres tiendas de ropa.

—Necesito que revises todo lo que haya salido de mis cuentas durante los últimos dos años.

—¿Todo?

—Todo.

Horas después me llamó con un tono que no me gustó nada.

—Mariana, tenemos un problema.

No eran solamente los 176,400 pesos enviados a Lucía Ferrer.

Había pagos en restaurantes, hoteles, regalos, compras para doña Teresa, un diplomado para Paola y varias supuestas inversiones de las que yo jamás había escuchado hablar.

En total, más de 590,000 pesos habían salido directa o indirectamente de mi dinero.

—¿Tú autorizaste todo esto? —preguntó Rogelio.

—No.

Hubo un silencio

incómodo.

—Entonces alguien tenía acceso a tus contraseñas.

Me quedé mirando la pared.

De pronto recordé todas aquellas ocasiones en las que Andrés se había ofrecido a “ayudarme” con pagos mientras yo estaba ocupada atendiendo las tiendas.

En ese momento, muchas cosas empezaron a tener sentido.

Pero Lucía Ferrer seguía siendo el misterio más grande.

Busqué su nombre.

Vivía en Tepic y tenía un hijo pequeño. En sus redes aparecían varias personas que también habían estudiado con Andrés.

Uno de ellos se llamaba César.

Le escribí.

Al principio dudó en contestarme, pero cuando le dije que era la esposa de Andrés aceptó verme en una cafetería por avenida Vallarta.

Cuando puse los estados de cuenta sobre la mesa, se quedó pálido.

—No manches… ¿ese dinero era tuyo?

—Todo.

César pasó una mano por su cara.

—Andrés siempre decía que Lucía había sido el amor de su vida.

Sentí un nudo

en el estómago.

—¿El niño es de él?

César se quedó pensando.

—Nunca lo confirmó. Pero tampoco desmentía nada. Dejaba que todos pensáramos que sí.

Lo miré en silencio.

Entonces agregó:

—También decía que tus tiendas eran de él y que tú aparecías como dueña por cuestiones fiscales.

No pude evitar soltar una risa seca.

—Mis tiendas existían cinco años antes de que yo conociera a Andrés.

César bajó la mirada.

—Entonces ese güey construyó toda su vida sobre una mentira.

Esa misma noche llamé a la licenciada Verónica Herrera, la abogada que llevaba los asuntos legales de mis negocios.

Le expliqué todo.

El departamento, la camioneta y las tiendas habían sido adquiridos antes del matrimonio y estaban registrados a mi nombre.

Pero había algo más delicado.

Los accesos a mis cuentas.

Las transferencias.

El dinero enviado sin mi autorización.

—No lo amenaces —me dijo Verónica—. No lo confrontes sin

pruebas. Guarda mensajes, audios, recibos, estados de cuenta, fechas. Todo.

Seguí su consejo.

Dos días después, Andrés apareció en la sucursal principal de una de mis tiendas con un ramo de rosas.

Entró sonriendo como si nada hubiera pasado.

—Amor, ya estuvo bueno. Mi mamá acepta que se pasó tantito. Vámonos a casa.

Lo miré durante unos segundos.

Después lo llevé a la bodega.

Apenas cerramos la puerta, dejó las flores sobre una caja.

Su expresión cambió.

—Reactiva mi tarjeta.

No respondí.

—Y necesito la camioneta.

—La camioneta es mía.

Frunció el ceño.

—Somos esposos.

—Eso está por terminar.

Mientras hablábamos, encendí discretamente la grabadora de mi celular.

—¿Quién es Lucía Ferrer?

La cara de Andrés cambió.

—Una amiga.

—¿Una amiga a la que le mandaste 176,400 pesos de mi cuenta?

—Estaba pasando por una situación difícil.

—¿Con mi dinero?

Él bufó.

—Tú tienes tres tiendas, Mariana. No seas miserable.

Lo miré sin poder creer lo que estaba escuchando.

En ese momento sonó su teléfono.

Era doña Teresa.

Andrés contestó en altavoz.

—¿Ya la convenciste? —preguntó ella.

—Estoy hablando con ella.

—Pues no te dejes. Primero haz que vuelva. Después consigues que ponga las tiendas a nombre de los dos. Y dile que Paola necesita la camioneta este fin de semana.

Andrés colgó de inmediato.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

—Mi mamá habla de más —murmuró.

Yo ya no necesitaba discutir.

Tenía la grabación.

—Mañana a las once, frente a la Minerva. Ahí arreglamos todo.

Andrés sonrió.

Salió de la tienda convencido de que había ganado.

No tenía idea de lo que iba a encontrar al día siguiente.

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