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ENTRÓ AL HOTEL DE MI PADRE CREYENDO QUE PODÍA COMPRARLO TODO, PERO SU ESPOSA YA SABÍA LA VERDAD
Capítulo 3 / 6

Capítulo 3

PARTE 3: BIENVENIDO A MI HOTEL

844 palabras

A las siete cincuenta de la noche, el restaurante principal del Hotel Casa Aranda estaba lleno.

Había empresarios, huéspedes extranjeros, dos periodistas financieros y varios miembros del consejo administrativo de Santillán-Aranda Corporativo.

Ramiro se sorprendió al reconocerlos.

—Qué casualidad —dijo.

El gerente sonrió.

—Tenemos una cena privada después, señor.

—¿Quién la organiza?

—La propietaria.

Ramiro levantó la barbilla.

—¿Inés está aquí?

—No estoy autorizado para decirlo.

Valeria apretó su brazo.

—Vámonos.

—¿Qué?

—No me gusta esto.

—No seas ridícula.

Se sentaron en la mesa nueve.

Era la mejor del restaurante, justo frente al jardín interior.

Ramiro pidió una botella de vino de treinta mil pesos.

—Quiero celebrar —dijo.

—¿Qué cosa?

Él sacó la caja azul.

Valeria se quedó sin respirar.

Ramiro la abrió.

Dentro había un anillo con un diamante enorme.

—En cuanto termine mi divorcio, quiero que tú seas la señora Santillán.

Valeria lo miró.

—¿Ya hablaste con Inés?

—No hace falta. Ella firmará.

—¿Y si no quiere?

Ramiro sonrió.

—Todo mundo firma cuando entiende

cuánto puede perder.

En ese instante, las puertas principales se abrieron.

Doña Inés entró vestida de negro.

No llevaba joyas, excepto su anillo de bodas.

Caminaba con la espalda recta y el rostro sereno.

A su derecha iba Teresa Márquez.

A su izquierda, Don Julián Aranda, hermano mayor de Inés y presidente honorario del consejo.

Detrás de ellos venían dos notarios, tres agentes de la policía de investigación y un hombre de traje azul que Ramiro reconoció de inmediato.

El auditor federal.

La copa se le resbaló de los dedos.

Cayó sobre el mantel y se hizo pedazos.

Todo el restaurante guardó silencio.

Inés llegó a la mesa.

Miró el anillo abierto frente a Valeria.

Luego miró a su esposo.

—Buenas noches, mi amor —dijo—. Bienvenido a mi hotel.

Ramiro se puso de pie.

—Inés, esto no es lo que parece.

Ella soltó una risa breve.

—No manches, Ramiro. Después

de doce años, por lo menos podrías regalarme una mentira nueva.

—Podemos hablar en privado.

—Llevamos demasiado tiempo hablando en privado. Esta noche hablaremos frente a las personas a quienes también engañaste.

Los miembros del consejo se acercaron.

Ramiro miró alrededor.

—¿Qué significa esto?

Teresa colocó una carpeta sobre la mesa.

—Significa que a partir de este momento queda usted removido de todas sus funciones ejecutivas.

Ramiro la ignoró.

—Inés, diles que se vayan.

Ella levantó una ceja.

—No puedes dar órdenes aquí.

—Yo levanté esta empresa.

Don Julián dio un paso al frente.

—Tú casi la destruiste.

—Sin mí, los Aranda seguirían administrando hostales de pueblo.

Inés respiró lentamente.

—Mi padre construyó cada hotel sin robarle a nadie. Tú necesitaste falsificar firmas para sentirte empresario.

Ramiro palideció.

—No sé de qué hablas.

Inés tomó la primera carpeta.

—Dieciocho millones quinientos mil pesos transferidos esta madrugada a R.S. Holdings.

Valeria

bajó la mirada.

Ramiro la observó.

—¿Tú?

Ella no respondió.

—Otros cuarenta y tres millones durante los últimos ocho meses —continuó Inés—. Empresas fantasma, facturas duplicadas y contratos autorizados con mi firma falsificada.

—Eso es absurdo.

Teresa abrió la segunda carpeta.

—Tenemos los dictámenes periciales.

El auditor federal levantó una memoria USB.

—También contamos con correos electrónicos, grabaciones y registros bancarios.

Ramiro comenzó a sudar.

—Todo fue por el bien de la empresa.

—¿Comprar un departamento en Miami fue por el bien de la empresa? —preguntó Inés—. ¿El yate en La Paz? ¿Las joyas? ¿Los pagos mensuales a Valeria?

Todos voltearon hacia la joven.

Valeria se puso de pie.

—Yo no sabía de dónde venía el dinero.

Ramiro soltó una carcajada amarga.

—Claro que sabías.

Ella lo miró con los ojos húmedos.

—Sabía que eras casado. Eso sí. Y no tengo excusa. Pero no sabía que estabas robando.

—Eres una malagradecida.

—Me prometiste una vida.

—Te la estaba dando.

—No. Me estabas pagando para ayudarte a destruir la de otra mujer.

Un murmullo recorrió el restaurante.

Inés observó a Valeria.

No había compasión en su rostro, pero tampoco crueldad.

—La señorita Montes colaboró con la investigación esta mañana —dijo Teresa—. Entregó mensajes, fotografías y acceso a una cuenta que el señor Santillán abrió a su nombre sin explicarle su origen.

Ramiro golpeó la mesa.

—¡Esto es una trampa!

—No —respondió Inés—. Una trampa es decirle a tu esposa que vas a Guadalajara mientras reservas la suite presidencial de su hotel con tu amante.

Ramiro dio un paso hacia ella.

Los agentes se movieron.

—Ni se le ocurra —dijo uno.

Ramiro se detuvo.

—Inés, piensa lo que estás haciendo. Somos marido y mujer.

Ella miró su anillo.

—Éramos marido y mujer cuando falsificaste mi firma.

Se lo quitó lentamente.

Lo dejó junto al diamante que Ramiro había ofrecido a Valeria.

—Éramos marido y mujer cuando usaste la enfermedad de mi madre como excusa para hacerme firmar poderes que nunca leí.

—Tú aceptaste.

—Confiaba en ti.

—Ese fue tu error.

El silencio se volvió pesado.

Ramiro sonrió con desprecio.

—Ahí está. Finalmente lo admites.

Inés lo miró con una calma que dio miedo.

—Sí. Confiar en ti fue mi error. Pero creer que mi confianza era estupidez fue el tuyo.

Capítulo completado

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