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ENTRÓ AL HOTEL DE MI PADRE CREYENDO QUE PODÍA COMPRARLO TODO, PERO SU ESPOSA YA SABÍA LA VERDAD
Capítulo 5 / 6

Capítulo 5

PARTE 5: AQUÍ TODOS PAGAN LO QUE DEBEN

895 palabras

Ramiro miró a Valeria.

—Di algo.

Ella tomó el anillo de diamantes y cerró la caja.

—Esto pertenece a una cuenta de la empresa, ¿verdad?

Ramiro no contestó.

Valeria entregó la caja a Teresa.

—Entonces devuélvanlo.

—Valeria —dijo Ramiro—. No seas tonta. Yo puedo sacarte de esto.

Ella soltó una risa amarga.

—No puedes sacarte ni a ti mismo.

Cuando los agentes lo esposaron, Ramiro perdió la compostura.

—¡Este hotel también es mío!

Nadie respondió.

—¡Yo puse a este lugar en el mapa!

Los empleados lo observaban.

—¡Sin mí van a quebrar!

Inés caminó hasta él.

—La cuenta de la suite presidencial asciende a ciento ochenta y siete mil pesos.

Ramiro la miró, confundido.

—¿Qué?

—Incluye el vino, la champaña, la cena y los daños en el restaurante.

—Estás loca.

—Su tarjeta fue rechazada hace veinte minutos.

Por primera vez, algunos empleados sonrieron.

Inés inclinó la cabeza.

—Sus cuentas están congeladas, señor Santillán.

Ramiro

palideció.

—No puedes cobrarme.

—Claro que puedo. Aquí todos pagan lo que deben.

Los agentes se lo llevaron entre las mesas.

Al pasar frente al retrato de Don Aurelio, Ramiro bajó la mirada.

No por respeto.

Por vergüenza.

El restaurante permaneció en silencio hasta que las puertas se cerraron.

Después, alguien comenzó a aplaudir.

Fue el recepcionista.

Luego el gerente.

Después una camarista llamada Lupita, que llevaba veintiocho años trabajando para la familia.

En segundos, el aplauso llenó el hotel.

Inés respiró hondo.

No sonrió.

Todavía no.

Valeria permanecía junto a la mesa, con el rostro deshecho.

—Señora Aranda…

Inés la miró.

—No me pidas perdón esta noche.

Valeria tragó saliva.

—Yo sabía que estaba casado.

—Sí.

—Me dijo que usted era fría, que no lo quería, que solo lo usaba para manejar la empresa.

—Los hombres como Ramiro necesitan pintar a sus esposas como monstruos para poder jugar a

ser víctimas.

Valeria bajó la cabeza.

—Perdí mi trabajo, ¿verdad?

—Sí.

La joven asintió.

—Lo entiendo.

—Pero no presentaré cargos contra ti si mantienes tu colaboración y devuelves todo lo que recibiste de la empresa.

Valeria soltó el aire.

—Gracias.

—No me agradezcas. No estoy haciéndolo por ti.

—¿Entonces por qué?

Inés miró a Teresa.

—Porque necesito tu testimonio.

Valeria asintió.

—Lo tendrá.

Antes de irse, se detuvo.

—Señora Aranda… él dijo algo hace semanas.

—¿Qué cosa?

—Que cuando usted firmara la venta del hotel de San Miguel, iba a dejarla sin nada. Dijo que su hermano ya había aceptado.

Don Julián frunció el ceño.

—Eso es mentira.

Valeria abrió su bolso y sacó una memoria pequeña.

—Grabé algunas conversaciones. Pensé que algún día podría necesitarlas.

Inés tomó la memoria.

—¿Por qué las grabaste?

Valeria miró hacia la puerta por donde se habían llevado a Ramiro.

—Porque un hombre que

traiciona a su esposa durante doce años no iba a volverse honesto conmigo por arte de magia.

Tres meses después, el juicio contra Ramiro Santillán comenzó.

Las grabaciones de Valeria revelaron una red de sobornos, empresas fantasma y acuerdos con funcionarios.

Ramiro había planeado vender tres hoteles a un fondo extranjero, transferir el dinero fuera del país y culpar a Inés por la quiebra.

También había contratado a un médico para declarar que ella padecía episodios de confusión.

Pretendía demostrar que no estaba en condiciones de administrar su patrimonio.

Aquel descubrimiento fue lo que terminó de romper cualquier resto de compasión en Inés.

Ramiro no solo quería dejarla.

Quería convertirla en una mujer incapaz dentro de su propia historia.

Fue condenado a nueve años de prisión.

El director financiero recibió seis.

Valeria declaró durante cinco horas y devolvió el departamento, las joyas y el coche que Ramiro había puesto a su nombre.

Después desapareció de los círculos sociales de la ciudad.

Meses más tarde, Inés recibió una carta.

No tenía remitente.

“Señora Aranda:

No espero su perdón. Solo quiero que sepa que estoy trabajando en una clínica dental en Querétaro y pagando las deudas de mi mamá. A veces todavía sueño con los candelabros de su hotel, pero ya no quiero una vida que no me pertenece.

Gracias por no destruirme cuando pudo hacerlo.

Valeria.”

Inés guardó la carta sin responder.

No todo arrepentimiento merecía reconciliación.

Pero tampoco toda culpa tenía que convertirse en una cadena eterna.

Un año después, Casa Aranda celebró su aniversario número cincuenta.

Inés restauró el retrato de su padre y colocó debajo una placa con sus palabras:

“Nadie debe entrar aquí sintiéndose menos que otro.”

Recontrató a los empleados despedidos injustamente, creó un fondo médico para sus familias y nombró a Lupita directora de capacitación.

—¿Yo? —preguntó la mujer, llevándose una mano al pecho—. Pero si apenas terminé la secundaria.

—Usted conoce este hotel mejor que cualquiera —respondió Inés—. Lo demás se aprende.

Aquella noche, Inés volvió a la mesa nueve.

La misma donde había encontrado a Ramiro con Valeria.

Pidió una copa de vino.

Teresa se sentó frente a ella.

—¿Por qué elegiste esta mesa?

Inés observó el jardín.

—Porque no quiero que él se quede con ningún rincón de mi casa.

Teresa levantó la copa.

—Salud por eso.

—Salud.

En ese momento, el recepcionista se acercó con un sobre color crema.

—Llegó para usted, señora Aranda.

Inés lo abrió.

Era una notificación del juzgado.

Ramiro solicitaba hablar con ella desde prisión.

Había escrito una frase al final:

**“Necesito decirte la verdad sobre la muerte de tu padre.”**

Inés sintió que el corazón se detenía.

Capítulo completado

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