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EN EL CUMPLEAÑOS DE MI PAPÁ, MI MADRASTRA ADULTERÓ MI COPA, PERO SU HIJA TERMINÓ BEBIÉNDOLA
Capítulo 1 / 3

Capítulo 1

PARTE 1: EN EL CUMPLEAÑOS DE MI PAPÁ, MI MADRASTRA ADULTERÓ MI COPA, PERO SU HIJA TERMINÓ BEBIÉNDOLA

704 palabras

EN EL CUMPLEAÑOS DE MI PAPÁ, MI MADRASTRA ADULTERÓ MI COPA, PERO SU HIJA TERMINÓ BEBIÉNDOLA

PARTE 1 — LA COPA QUE NO ERA PARA ELLA

Durante la cena de cumpleaños de mi papá, mi madrastra deslizó una copa de champaña hacia mí y sonrió.

—Tómatela, cariño. Esta noche estamos celebrando en familia.

Fue justo entonces cuando supe que algo andaba mal.

Celeste jamás me había llamado “cariño”. Nunca me daba nada sin esconder una trampa detrás. Y la sonrisa de su hija, Brianna, era demasiado amplia, impaciente y cruel.

Bajé la mirada hacia la copa.

Pequeñas burbujas subían por el líquido dorado. Cerca del borde flotaba una rebanada de fresa. Parecía una bebida perfecta, costosa e inofensiva.

Exactamente como todas las mentiras de Celeste.

Durante doce años, mi madrastra me había tratado como si yo fuera una mancha desagradable en la vida de mi propio padre. Se mudó a nuestra casa nueve meses después de que murió mi mamá y, desde entonces, dedicó cada día a convencerlo de que yo era conflictiva, exagerada y malagradecida.

Su hija usaba las joyas de mi mamá para ir a la escuela. Cuando me fui a la universidad,

se apoderó de mi recámara. También comenzó a llamar “papá” al mío con esa voz dulce que yo había dejado de usar después del funeral, porque el dolor me obligó a crecer demasiado rápido.

Mi padre nunca parecía darse cuenta.

O tal vez sí se daba cuenta y prefería la tranquilidad antes que enfrentar la verdad.

Aquella noche cumplía sesenta años. La fiesta se celebraba en el salón principal del club campestre favorito de Celeste. Había flores, velas, un trío de jazz y un pastel diseñado como la primera oficina jurídica de mi papá.

Todos los invitados le repetían lo afortunado que era por tener una esposa tan dedicada.

Yo apenas podía contener la risa.

Solo había asistido porque él me lo suplicó.

—Solo te pido una noche, Anna. Sin problemas.

Así que me puse el vestido azul que mi mamá me había comprado antes de morir. Llevé como regalo

la antigua pluma fuente favorita de mi papá y me prometí que soportaría dos horas de crueldad disfrazada de cortesía.

Entonces Celeste puso aquella copa frente a mí.

Diez minutos antes la había visto junto a la barra, colocándose de forma que su cuerpo ocultara la charola. Vi cómo su mano permanecía suspendida sobre una copa en particular. También vi a Brianna observándome desde el otro extremo del salón mientras cuchicheaba con su novio y se reía.

Creían que yo no había notado nada.

Pero trabajar en la administración de un hospital te enseña a fijarte en los detalles pequeños: etiquetas cambiadas, manos nerviosas y personas que sonríen justo antes de lastimar a alguien.

Levanté la copa, pero no bebí.

Los ojos de Celeste se clavaron en mí.

—Tómatela, Anna —insistió—. Y deja de amargarnos la noche.

Antes de que pudiera responder, Brianna apareció a mi lado y me arrancó

la copa de la mano entre risas.

—Dámela, si hasta sobria ya da bastante lástima.

Varias personas alrededor de la mesa se rieron con ella.

Brianna se llevó la copa a los labios.

Yo miré a Celeste.

Ella seguía sonriendo, pero la sonrisa se le borró en cuanto comprendió lo que su hija estaba a punto de hacer.

Yo no intenté recuperar la bebida.

Brianna inclinó la copa y se tomó más de la mitad de un solo trago.

El rostro de Celeste perdió todo el color.

—¡Brianna, no! —gritó mientras se levantaba de golpe—. ¡Esa copa no era para ti!

Su mano salió disparada hacia su hija, pero ya era demasiado tarde.

La copa chocó contra la mesa y el resto de la champaña se derramó sobre el mantel blanco.

Brianna se limpió la boca con el dorso de la mano, completamente ajena al terror de su madre.

—Mamá, cálmate. Solo es champaña. Tengo veintidós años, no doce.

—Tú no debías beber de esa copa —balbuceó Celeste.

Su elegante fachada se había quebrado en cuestión de segundos. Me miró con los ojos desorbitados, atrapada por un pánico que no podía ocultar.

Incliné ligeramente la cabeza y le ofrecí una sonrisa tranquila.

—¿Hay algún problema con esa copa, Celeste?

Capítulo completado

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