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Me llevó a su amante a la jubilación de su padre y me pidió que recordara quién había pagado mi vida
Capítulo 5 / 5

Capítulo 5

LA PERSONA QUE NUNCA MIRÓ DE VERDAD

1018 palabras

El rostro de mi marido se tensó.

—Son ajustes internos.

—Una remuneración extraordinaria para dirección antes de cerrar una refinanciación no es un simple ajuste —dije.

Carmen miró a su hijo.

—¿Qué remuneración?

—Mamá, por favor.

—¿Y las garantías cruzadas? —continué—. ¿Y la sociedad vinculada?

Javier dejó escapar aire por la nariz.

—No sabes cómo funciona una empresa como la mía.

Hubo algo casi trágico en aquella frase.

Incluso después de todo.

Incluso con el presidente del banco delante.

Incluso después de descubrir que yo presidía la sociedad que debía participar en su financiación.

Seguía necesitando creer que no entendía.

Santiago miró hacia otro lado.

Ricardo volvió a ponerse las gafas.

Claudia bajó la cabeza.

—Javier —dije—, he analizado empresas con más deuda que la tuya desde antes de que tú supieras calcular un flujo de caja descontado.

Su padre soltó una respiración que podría haber sido una risa triste.

Javier lo oyó.

—Papá, no hace falta.

Ricardo levantó una mano.

—No. Creo que ya he callado bastante esta noche.

Carmen lo miró sorprendida.

—Ricardo...

—No.

Mi suegro se volvió hacia su hijo.

—Tu madre puede no haberlo sabido. Pero yo sí sabía que Lucía seguía trabajando.

Javier se quedó quieto.

Yo también.

Ricardo continuó:

—No conocía las cifras ni esta operación. Nunca me las contó. Pero sabía que gestionaba el patrimonio de Tomás y que había crecido mucho.

—¿Y no me dijiste nada?

—Porque eres su marido. Supuse que lo sabías.

Aquella frase hizo más daño que todas las anteriores.

Javier me miró.

—¿Por qué no me lo contaste?

Esta vez contesté sin ironía.

—Al principio sí te contaba cosas.

Recordé una noche, años atrás, cuando llegué emocionada porque había cerrado mi primera inversión importante después de asumir la gestión del patrimonio familiar.

Javier estaba preparando una ronda de financiación.

Me escuchó menos de un minuto.

Después dijo:

«Me alegro, cariño. Pero lo tuyo es diferente. Aquí nos jugamos una empresa de verdad».

Nunca volví a compartir con él una operación completa.

—Con el tiempo —continué— dejaste de escuchar. Después empezaste a dar por hecho que aquello no importaba. Y finalmente aprendí que mi vida profesional solo te interesaba cuando podía servir a la tuya.

—Eso no es justo.

—No. Lo de esta noche tampoco.

Claudia habló por primera vez en varios minutos.

—Javier, me dijiste que Lucía no trabajaba realmente.

Él se volvió hacia ella.

—No he dicho exactamente eso.

—Me dijiste que llevaba años «dedicándose a cosas familiares» y que dependía económicamente de vosotros.

Carmen apretó los labios.

Claudia continuó:

—También dijiste que la casa era tuya.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Miré a Javier.

—¿La casa?

—Lucía, ahora no.

—¿Qué le has dicho de la casa?

—No importa.

—A mí

sí.

Claudia parecía cada vez más incómoda.

—Me dijo que, cuando os separarais, te quedarías con un piso que él te compraría y nosotros viviríamos allí.

«Allí».

En nuestra casa de Pozuelo.

La casa que Javier describía ante amigos como el resultado de «los buenos años de la empresa».

La casa cuya entrada había pagado íntegramente una sociedad patrimonial de mi familia.

La casa que estaba a mi nombre.

No dije nada durante unos segundos.

Luego miré a Claudia.

—Esa casa no es de Javier.

Ella palideció.

—¿Cómo?

Javier cerró los ojos.

—No hace falta entrar en eso.

—Está a mi nombre desde el día de la compra.

Claudia apartó la vista de él.

No sentí satisfacción.

Solo una tristeza extraña.

No era mi rival.

Era otra persona a la que Javier había contado una versión de la realidad diseñada para que él pareciera más grande.

—También me dijiste... —empezó ella.

—Claudia, basta.

—No.

Su tono cambió.

—Me dijiste que la financiación estaba prácticamente cerrada y que después ibas a poder comprar tu participación a los demás socios.

Javier miró alrededor.

—Esto es absurdo. Estamos hablando de información interna.

—Que tú compartiste conmigo —respondió ella.

Aquello terminó de alterar la sala.

Uno de los miembros del consejo de Valdés Proyectos, que había permanecido cerca, dio un paso hacia nosotros.

—Javier, ¿has estado hablando de operaciones societarias pendientes fuera del consejo?

—No tergiverses.

—Te estoy haciendo una pregunta.

Javier perdió por primera vez la calma.

—¡No vamos a convertir la jubilación de mi padre en una junta de accionistas!

Nadie contestó.

Su propia voz pareció avergonzarlo.

Yo mantuve el tono bajo.

—Tienes razón. No deberíamos.

Miré a Santiago.

—Mañana revisaré la documentación con Elena. La decisión sobre la inversión seguirá los criterios que habíamos acordado: solvencia, gobierno corporativo y protección de la plantilla. Nada más.

Santiago asintió.

—Es lo adecuado.

—Hasta entonces, Aranda Capital no confirma su participación.

Javier dio un paso hacia mí.

—Lucía.

—No.

No levanté la voz.

—Esta noche me has pedido que aceptara como una adulta que llevas ocho meses con otra mujer. Hazme el favor de aceptar como un adulto que mis responsabilidades profesionales no desaparecen porque ahora te incomoden.

Su rostro se quedó inmóvil.

Saqué la vieja pluma del bolso.

La sostuve un instante entre los dedos.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste cuando firmamos aquel primer alquiler?

Javier miró la pluma.

Por fin pareció recordar al hombre que había sido.

—Lucía...

—Dijiste que todos los contratos que vinieran después los firmaríamos juntos.

Mi voz casi se quebró, pero no dejé que ocurriera.

—Yo me creí esa parte durante demasiado tiempo.

Guardé la pluma.

—Esta ya no te la dejo.

CAPÍTULO 5 — LO QUE QUEDA CUANDO SE CIERRA LA PUERTA

A la mañana siguiente, Javier volvió a casa a las siete y media.

Yo no había dormido.

Tampoco había llorado.

Había pasado la madrugada en el despacho revisando documentos, fechas y correos mientras la vieja pluma descansaba al lado del ordenador.

Cuando escuché la puerta principal, cerré la carpeta que tenía abierta.

Javier entró sin chaqueta.

Parecía diez años mayor.

—Claudia se ha ido.

No respondí.

—Ha terminado conmigo.

—Eso es asunto vuestro.

—Dice que le mentí.

Lo miré.

—¿Lo hiciste?

Se dejó caer en la silla frente a mí.

Durante unos segundos no fue el empresario seguro de sí mismo de la noche an

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