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Me pidió que aplaudiera a su amante; no sabía quién acababa de comprar la deuda de su empresa
Capítulo 1 / 5

Capítulo 1

El aplauso que nadie entendió

1005 palabras

Mi marido eligió nuestra cena de aniversario para anunciar delante de más de cien invitados que Laura, la mujer con la que llevaba meses engañándome, sería la nueva vicepresidenta de expansión de su empresa.

Después levantó su copa, me miró desde el escenario y, como si la humillación necesitara una última vuelta de tuerca, sonrió.

—Vamos, Inés. Aplaude. Esta noche también es importante para ella.

Lo hice.

Aplaudí despacio mientras Laura se ponía en pie con una sonrisa satisfecha y Samuel interpretaba mi calma como una derrota.

Ninguno de los dos sabía que, apenas cuarenta minutos antes, mi family office había firmado la compra del mayor paquete de deuda de la compañía.

Y que, desde aquella noche, Samuel necesitaba mucho más mi firma que mis aplausos.

## El aplauso que nadie entendió

El salón principal del Hotel Arrieta, en Bilbao, estaba iluminado por lámparas de cristal que proyectaban destellos sobre las copas de champán. Samuel había insistido en celebrar allí nuestro decimoquinto aniversario porque, según él, una fecha importante merecía «gente importante».

Aquello debería haberme advertido de algo.

Nuestra mesa estaba rodeada de consejeros,

inversores, directivos de Senda Norte y un puñado de amigos que llevaban años mezclando negocios y vida privada sin distinguir demasiado dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

Yo llevaba un vestido negro sencillo, unos pendientes de mi madre y ninguna intención de llamar la atención.

Samuel, en cambio, parecía dispuesto a disfrutarla toda.

Se levantó después del segundo plato.

Golpeó suavemente su copa con una cucharilla y esperó a que el salón quedara en silencio.

—Esta noche quiero anunciar algo especial.

Durante una fracción de segundo pensé que iba a hablar de nosotros.

Me avergonzó haberlo pensado.

Hacía meses que entre Samuel y yo había demasiadas conversaciones interrumpidas, demasiadas cenas canceladas y demasiados mensajes que él giraba boca abajo sobre la mesa en cuanto yo entraba en una habitación.

Aun así, una parte de mí conservaba la absurda esperanza de que aquella noche intentara arreglar algo.

—Senda Norte

entra en una nueva etapa —continuó—. Y necesitamos personas con ambición, energía y una visión internacional de verdad.

Vi a Laura enderezarse en su silla.

Entonces lo entendí.

—Por eso —dijo Samuel—, Laura Mendizábal será nuestra nueva vicepresidenta de expansión.

Los aplausos comenzaron de inmediato.

No todos.

Pero suficientes.

Laura se levantó.

Llevaba un vestido color marfil y una sonrisa estudiada para parecer emocionada sin perder la compostura. Se acercó a Samuel, le dio dos besos y dejó una mano sobre su brazo durante un segundo más de lo necesario.

Él no se apartó.

Yo tampoco aparté la mirada.

Samuel me vio.

Y cometió el error que cambiaría el resto de la noche.

—Vamos, Inés —dijo al micrófono—. No pongas esa cara. Aplaude.

Algunas manos dejaron de moverse.

Un consejero miró su plato.

La directora jurídica bajó la copa que acababa de llevarse a los labios.

Yo sentí el calor

subir por mi cuello, pero no le di a Samuel lo que esperaba.

Ni una escena.

Ni lágrimas.

Ni una pregunta.

Junté las manos.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Aplaudí.

Samuel sonrió, satisfecho.

Laura también.

Pensaron que habían ganado algo.

Cuando regresó a su mesa, ella se inclinó hacia mí.

—Espero que podamos seguir siendo amigas.

La miré.

—Nunca lo hemos sido.

Su sonrisa se quedó inmóvil.

—No hace falta ponerse desagradable.

—No lo estoy siendo.

—Samuel me dijo que lo entenderías.

Aquella frase sí me dolió.

No porque confirmara algo que yo ya sospechaba, sino porque revelaba el nivel de intimidad que existía entre ellos. Mi marido había hablado con su amante sobre cómo reaccionaría su mujer al ascenso de ella.

Yo había sido convertida en un asunto que ambos gestionaban.

—Samuel suele confundir lo que espera con lo que va a ocurrir —respondí.

Laura me observó unos segundos.

—No sé qué quieres decir.

—Lo sabrás.

Antes de que pudiera contestar, vi entrar al director financiero.

Javier Ibarra no tenía aspecto de hombre que acudiera a felicitar a nadie.

Llevaba el teléfono en una mano y una carpeta gris en la otra. Cruzó el salón sin saludar, se acercó directamente a Samuel y le susurró algo al oído.

Mi marido frunció el ceño.

—¿Ahora?

Javier asintió.

—Es importante.

Samuel miró hacia la mesa principal.

—Estamos en mitad de una cena.

—Lo sé.

Javier volvió la cabeza.

Sus ojos encontraron los míos.

Y su expresión cambió.

No era sorpresa exactamente.

Era reconocimiento.

—Señora Ortega.

Samuel dejó de sonreír.

—¿Vosotros os conocéis?

Javier tardó un segundo en responder.

—Sé quién es.

Laura regresó a su silla.

—Todo Bilbao sabe quién es Inés —comentó con una risita—. Tampoco es tan misteriosa.

Javier no la miró.

—No me refería a eso.

Samuel abrió la boca, pero su móvil vibró.

Después volvió a vibrar.

Y una tercera vez.

Sacó el teléfono.

Leí el nombre que apareció en la pantalla desde donde estaba sentada.

Celia Uriarte.

Presidenta del consejo de administración.

Samuel rechazó la llamada.

—Ya hablaré con ella mañana.

Javier tragó saliva.

—Yo no haría eso.

Ahora sí se hizo silencio alrededor de nuestra mesa.

Samuel bajó la voz.

—¿Qué demonios está pasando?

Abrí mi bolso.

Saqué una carpeta fina de piel azul.

La dejé delante de mí.

Samuel la miró.

—¿Qué es eso?

—Algo que deberías haber preguntado antes de pedirme que aplaudiera.

Laura soltó una pequeña carcajada.

—¿De verdad vamos a montar un drama por mi nombramiento?

Javier la miró entonces.

Por primera vez aquella noche, Laura perdió parte de su seguridad.

—Señora Mendizábal —dijo él—, quizá sea mejor que no dé por hecho que su nombramiento está cerrado.

Samuel se puso rígido.

—Lo he anunciado yo.

—Sí.

—Soy el consejero delegado.

Javier respiró hondo.

—Precisamente por eso tenemos un problema.

Mi marido me miró de nuevo.

Yo apoyé una mano sobre la carpeta.

—Disfruta de la cena, Samuel.

—Inés.

—Mañana hablaremos de Laura.

Hice una pequeña pausa.

—Y después hablaremos de quién sigue dirigiendo esta compañía.

Por primera vez desde que había cogido el micrófono, mi marido no tuvo nada que decir.

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